Los milagros del Tio Vania

 

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Afortunadamente, fui enterado a muy buena hora que el teatro El Milagro hace honor a su nombre en cuanto a que, de no comprar boletos para sus funciones oportunamente, es verdaderamente complicado conseguir lugares a última hora. Es por eso que antes de las siete, hora en que supuestamente se abre la taquilla y una hora y media antes de la función, ya me encontraba muy bien acompañado disfrutando de una crepa en un café cercano. Interrumpí mi postre justo a las siete para, según yo, ser el primero en la fila. Para mi sorpresa ya había dos personas frente las enormes puertas de madera esperando se abrieran, pero no sería hasta ocho minutos después que, tras ver un desfile de actores acezando al edificio, finalmente se nos permitió comprar los boletos. Regresé al café y esperé una hora para regresar. Todo era diferente a aquel apacible recinto que recordaba. En la sala abundaban estudiantes. Todos esperaban incómodos mientras su maestro compraba sus al menos 30 boletos. Todos iban muy arreglados, como si fuera una ocasión especial. Se hacía una larga fila frente al mostrador. Para este momento los boletos  ya se habían acabado y el encargado debía repetírselo a cada persona que solicitaba asientos.

A las 8:32 dieron acceso. Había elegido las butacas once y doce correspondientes a la primera fila. Al asentarme observé exageradamente cerca de mi persona una tarima de madera, muebles rústicos y una mesa donde se ve una tetera. Las paredes eran metálicas.. Luces cálidas nos envolvían. Finalmente me percaté del hombre recostado sobre una banca del lado izquierdo del escenario.

A las 8:42 se levantó el hombre y a las 8:44 nos rodearon voces gente arribando a la escena para comenzar la acción. Evalué en un principio severamente la interpretación; no me convencía su humor. Decidí entonces darme la oportunidad de destensar mis juicios y traté de darle una oportunidad más noble.

Fue hasta las 8:50 que noté los evidentes tonos propuestos, por ejemplo, en camisas color crema y pantalones marrones indumentados en los personajes. Ilia Ilich, interpretado por Rubén Cristiani, destaco por su frescura. No sé si fue gracioso involuntariamente. De cualquier manera quedé con la duda de si su voz seca y apagada ¿era del personaje o el actor? El Doctor Mijaíl Lovovich, a quien representaba David Hevia, se mostró vibrante pero pude notar el esfuerzo del actor. Quizá había figuras poéticas escondidas en la tarea escénica, o tal vez solo fue mi imaginación se disparatada por los jugosos estímulos de la puesta en escena. Tina French, quien interpreto a Marina Timofevna, llevaba consigo una atmósfera densa qué untaba por dónde transitaba y a quién interactuaba con ella.

Comparaba el decaimiento del escenario con lo corrido del cuerpo de los personajes cuándo súbitamente se dio un estridente oscuro. Metal crocante y rechinante estremeció los sentidos de la audiencia. Había cambiado la escena y ahora el público se deleitaba con la suave y sutil aparición de una habitación en tinieblas. Nuestros ojos que se acostumbran a la tenue luz que entraba por un costado revelando al marido de Marina, el enfermo, Iván Petrovich, el tío Vania. Veo, metafóricamente, otra obra a partir de este momento y hasta que entra la esquiva figura de la hija, Sofía Alexandrovna, llevada a la vida por Esmirna Barrios.

La experiencia hasta ahora ha sido una explosión de hojas otoñales. Con una danza de sombras seductoras se le hacía compañía al briago rechazado y después, como en otro mundo, despierta uno bruta mente al sueño. En el cuarto iluminado se mostraban libros debajo del sillón, olvidados, inservibles y escondidos, casi pasan desapercibidos. Había también muchas sillas considerablemente distintas. Deduzco que cada una representaba a algún personaje pues las había largas, cuadradas, redondas, acolchonadas y rotas.

Eran las 9:29 y el público comenzaba a cansarse de una experiencia hasta ahora de risas esporádicas y exclamaciones de goce por las ficciones adversas, contrariadas e incómodas. Tiernos detalles abundaban. Escaso era el momento sin relleno pleno. Destaco una escena en la cual una burbujeante complicidad desencadenó sinceraciones femeniles. Ciertamente daban ganas de saltar del asiento y compartir el la situación con los personajes.

 Como con boca de profeta se materializaron mis ideas y lo que era simple poesía se vio en la realidad en otra transición onírica. El profesor Alexandre Vladimirovich interpretado por Mauricio Davison desenvolvió una representación desquiciada e irreverente siendo este uuna caricatura enorme.

Ahora son las 9:58 y entre público se dan miradas dispersas. Buscan conforte de la monotonía. Asimismo se ven pequeñas charlas, comentarios aislados y susurrados. Para este punto ya había habido continuas referencias al decaimiento y la vejez, o más bien el otoño de la vida humana. Así los tonos otoñales se tornan fríos y grisáceos tanto en las luminarias como en las vestimentas. Hubo entonces caos; se desataron las emociones reprimidas y salieron disparadas hacia el público.

Dan las 10:41, todo se devuelve a aquel inició que en el escenario jamás se vio. Del desenlace extraigo que con la modernidad o la llegada del nuevo las amarguras otoñales quedan olvidadas e inadvertidas para las generaciones venideras y a las 10:47 termina la función. Un público agotado en múltiples formas agradece generosamente una función deliciosa de Tío Vania de Antón Chéjov bajo la dirección de David Olguín. Finalmente nos retiramos, algunos, con sensaciones contrarias igualmente que nuestras ideas sobre el uso de los géneros dramáticos y la interpretación de los estilos. Los actores se despidieron y el público se retiró. Laura Almela, quien interpretó a Elena Andrévna, se mostró fugazmente una última a los espectadores que permanecíamos sentados recordándonos de su destacada actuación nutritiva e inteligente en la que hace gala de todos esos años de tablas. Soy el último en salir a la calle inundada de gente que se dispersa bañada por las luces rojas de la marquesina del teatro El Milagro. Qué nombre tan apropiado para el espacio teatral; por supuesto, ya no me refiero a su taquilla. Ansío volver pronto.

Tio Vania.de Antón Chéjov, Mex, Teatro El Milagro, 2013. Dir. David Olguin. Con Tina French, David Hevia, Arturo Ríos. Dur. 130 min.

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