Masacre a Holocomb

 

Había una vez un estudiante de reportaje al que le fue solicitado un análisis de “A Sangre Fría” de Truman Capote. Con forme progresaba en la lectura no pudo evitar, sin saber por qué, sentirse incomodo de que esta lectura se tratase de un reportaje como se le enseñó en clase. Sí parecía tener una incomparable necesidad de informar; sí se mostraba como palabra viva y habitual; si bien aparentaba rigurosidad, sí era claro que evitaba ser rígido o seco; también era interesante y definitivamente era exhaustivo. Pero línea tras línea no podía mas que dudar de la objetividad del texto, de la labor titánica que seria comprobar mucho de lo narrado, así fueran pequeñeces, tanto por la avalancha de información expuesta, como por la imposibilidad de rastrear fácilmente las fuentes.

La extenuante ligereza con que se asignaban extensos y complicados diálogos a los implicados, como si se tratasen de personajes literarios fue la gota que derramó el vaso. Su frustración se encontraba en niveles críticos y parecía que su enojo se justificaba precipitadamente dentro de cada párrafo. Al no poder soportar más esta situación, detuvo en seco su lectura e hizo lo que tenia que haber hecho desde el principio. Se sentía como un tonto. ¿Cómo se atrevía a abrir un libro sin saber lo que iba a leer en primer lugar?

Resultó que a su extensa investigación sobre los asesinatos en Holcomb, Truman Capote le denomino Non-fiction Book. De este modo justificaba todas sus libertades literarias y estilísticas. Y aunque no pudo el estudiante evitar permanecer del lado del argumento que piensa que tal grado de ficción no es apropiado de ningún escrito que se haga llamar periodístico, pudo concluir la lectura con la mente abierta a valorar la rica narrativa de un hecho lamentable, cuyos vacíos llena el autor con su imaginación educada.

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