Bodas de Sangre (Federico García Lorca)

He de confesar, a riesgo de que alguno de ustedes, estimados lectores, descargue la ira que les inspire estrellando su cabeza contra la pantalla del computador, que “Bodas de Sangre” Jamas ha sido de mi predilección. Al contrario esta obra del maestrísimo Lorca me parecía sosa y, cuando a la luna le brota lo sádica, frustrante. Si bien pueden decirme que nunca la leí de buen humor o que mi imaginación diezmada por el hastío me impedía apreciar la sutileza de las punzantes palabras del autor, no es hasta ahora que me doy cuenta de ¡oh, que equivocado estaba! En verdad lamento ser tan sordo y acepto los porrazos que me merezco. Dispongan de la libertad de reprocharme cuando me los encuentre, todos mis allegados que se toparon con pared cuando solo trataban de hacer de mí una mejor persona.
No creo, y ciertamente espero no ser el único, porque de lo contrario me sentiría aún peor que como ahora, que cuando se le encarga repasar un tema que ya se ha visto y por cualquiera que sea la razón ha quedado con mal sabor de boca, ejercita el musculo, ya morbosamente crecido, de la desidia. Ha más de un mes que tengo que leer de nuevo esta obra y como se podrán imaginar pretextos no han faltado para posponer lo inevitable. Que desdicha es despertar a las diez de la noche (de una siesta nada reparadora de un par de horas) un día antes del compromiso sin haber leído de regreso siquiera el título. –He aquí un mal consejo, si se es estudiante a cualquier grado y se espera más que una vida mediocre hacer caso omiso a este penoso atajo.- Sin duda le pude haber terminado de repasar en una hora, hora y media a lo más; -pero que fastidio- pensé entonces. Por sorprendente que parezca, estoy agradecido de esta actitud tan egoísta porque, de haber sido yo medio gramo más honesto o medio centímetro menos presuntuoso, jamás hubiera dado con la pieza de arte que al menos por esta noche me movió el tapete al grado de declararme abiertamente en búsqueda de montarla alguna vez.
Más probablemente que quizá, mi manera de evaluar un espectáculo haga arrancarse los pelos de la cabeza a más de una comunidad de letrados. Miro con desdén las obras pretensiosas (me han dicho que porque me veo fácilmente en ellas y simplemente no me gusta lo que veo cunado me veo en lo que veo) que si ricas son en forma, como molusco enconchado son huecas o babosas. Atesoro, en contraparte, las experiencias que solo con el nombre me llenan el pecho de emoción, deja aún las imágenes, deja aún los parlamentos, deja aún los personajes, los vestuarios, la escenografía y mi muerte en vida que es la música. En la adaptación de “Bodas de Sangre” para la televisión española de 1986 se encuentra uno de primera instancia con una escenografía robusta, muy apropiada para las espectaculares actuaciones de Gemma Cuervo, Gloria Muñoz, y Blanca Portillo como la mujer e Leandro, sin dejar de lado, claro, a sus contrapartes masculinas. Es solo que son ellas y las mujeres de la tropa que con sus cantos me embebaron durante toda la función en un aura de esa cotidianidad antigua que hace tanto ya no se usa. Debo un tremendo respeto a la dirección de José Luis Gómez que me tenía, a mi sorpresa, lacrimando en cada intervención musical y aplaudiéndole al aparatejo semimetálico donde reproduzco los videos de You Tube.
No digo más. Temo haberlos aburrido con mi palabrería. Sin embargo los dejo con esta recomendación: Miren esta delicia. Mírenla y exijan más teatro como este en México. No se conformen con producciones medianamente aceptables. Pidan este nivel de calidad porque ustedes como público se lo merecen. -¿Que nosotros los actores nos morimos de hambre..?- ahora entiendo que esta es la forma de ganarse el pan de cada dia.

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