Un eco en sus pupilas

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Escribir sobre uno mismo siempre es complicado. No es un error pensar que el sabio más sabio es aquel que puede imaginar perfectamente su reflejo en el agua. Adentrarse en las turbios manantiales de la mente implica reconocer la imposibilidad de aprehenderse sin mirarse en el espejo del otro. Al encarar el mar que lleva nuestro nombre, humildemente encontramos, más temprano que tarde, lo que no nos gusta del otro y anhelos, tan profundamente sumergidos, como ajenos a nuestra naturaleza.

Zarpar en mis picadas olas implicó resignarme a la idea de asomarme por la borda y mirar cada vez, no mi rostro, sino el de las miles de personas que mantienen a flote mi barca. Icé las velas y el viento me acarreó donde un mismo color abraza en todas direcciones al ingenuo que se aventura solo. Pronto extrañé la compañía, porque, ¿a quién alegran los juegos, a quién ensalzan los halagos, a quien entibian los abrazos que llegan a labios tiesos, oídos sordos y corazones secos. Cuando se está solo, el más absurdo dicta la ley, contradecir se vuelve absurdo y el orgullo se traga sin saliva. En un mar sin agua el vanidoso se mira en un espejo de carbón, la burla es uno mismo y nadie se avergüenza de su pereza ni sobresale por su eficiencia.

Pocas leguas antes del punto sin retorno tres sirenas, nostalgia, angustia e incertidumbre, sin importar la dirección que tomes, te siguen por el resto del camino. Al compás de su lúgubre motete, se busca entre los nubarrones alguien a quien culpar, alguien a quien agredir, alguien con quién ser sincero, pero no. Imposible ser leal a un estandarte, medir talentos con maderos y ejercer la crueldad contra los vientos.

Desatose el diluvio. La salada brisa cegaba mi visión. Con los puños raspaba mis ojos en busca de consuelo, pero las lagrimas se negaban a salir, apenadas por no saber si era apropiado. Estaba destinado a naufragar en juicio ajeno y sin poder compartir gloria alguna. A merced de un tifón invisible y sin más recursos que los que me heredó mi madre, arrié las velas. Paró la nave y con ella, la lluvia, la brisa, los cantos y las olas. Miré de nuevo por la borda. Un centímetro no había avanzado del puerto. Los rostros seguían ahí, mirando intensamente con un eco mío en sus pupilas. Entonces comprendí.

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