Al grito yo no fui: me fueron.

Mis esperanzas se fueron por el caño cuando me enteré que ninguno de mis esfuerzos por no asistir al Grito de Independencia en el Zócalo capitalino habían resultado fructíferos. Son las nueve de la noche del 15 de septiembre de 2015 y ni la lluvia ni el frio pudieron sobreponerse a mi engorrosa incapacidad de defraudar a un amigo. Mientras camino por la alameda duchado intermitentemente por los faroles, no puedo evitar pensar en la vergüenza de encontrarme con mi compañía por esta noche que me esperaba sentado en la escalinata de la entrada al Palacio de Bellas Artes desde las siete de la noche. Bastó una mirada para saber que el alivio de verme se sobreponía a cualquier emoción que pudiera sentir en contra mía. Sin demasiadas disculpas, ágilmente tomamos camino hacia el Zócalo. Contra lo que pudiera pensarse, esta noche, al menos antes de cruzar el Eje Central, no destaca sobre ninguna otra que haya pasado. De hecho, si no supiera sobre días feriados, sería difícil convencerme de que hoy es una velada de fiesta nacional. El metro, que esperaba ocupar como excusa por haber llegado tana tarde, viajó sin mayor retraso y la gente no se amontonaba por llegar a la periferia del zócalo como lo imaginaba. Me dio alegría saber que no era el único renuente a participar del evento sin saber la terrible decepción que viviría horas más tarde.

Por buscar como comunicarnos con otros amigos qué sufrían un destino similar al nuestro, no nos percatamos de que un cerco policiaco impide a los transeúntes el acceso al corredor de Madero. El flujo siniestro de gente nos lleva a buscar acceso a la plancha por la Avenida 5 de Mayo. Con mi frustración reduciéndose progresivamente al cruzar cada calle nos topamos con el primero de varios horrores. Una fila ofensiva que se extiende mas allá de la imaginación augura lo que serán horas de angustiante aburrimiento que ninguna platica por amena o divertida que sea podrá disimular. La llegada de un rostro familiar sirve para distraer mi mente de lo que de otra manera sería una monotonía mortal lo suficiente para percatarme de lo que probablemente temía más que otra cosa. Compartía la fila con miles de personas qué, pese a toda expectativa y esperanza de ser que fueran acarreados, de hecho parecían interesados en asistir al Grito. No se me malinterprete. Si hay sospechosos camiones de pasajeros estacionados por todos lados pero es imposible qué toda la gente que veo haya podido venir en ellos. ¿A que vienen? ¿A divertirse? ¿A apoyar al presidente Peña?¿A ser humillados y privados de sus cosas? Pasamos tres puntos de control en los que la gente es obligada a vaciar los contenidos de sus bolsos. Objetos como las plumas de los estudiantes, los cinturones de los osados y los paraguas de lo precavidos tienen que ser dejados al olvido a un costado de la acera por seguridad de quién. Pasamos detectores de metales, maquinas de rayos x y un cateo tan sabroso y profundo que me quedaron ganas de pedirle el “Whats” al policía, antes de poder entrar a la sede de un evento al qué nadie qué conozca, desea o recomienda estar.

Al margen de las once de la noche nos untamos al mar de gente que inundaba las faldas de la catedral. Las oleadas de empujones nos acercan milimétricamente al corazón de México. Maniobrando extrañamente, avanzamos procurando salvaguardar las pocas pertenencias que se nos permitieron conservar en los bolsillos, no sin perder el orgullo entre los arrimones. Sin poder avanzar un centímetro más, nos han decidido detener donde estamos, para maravillarnos con la visión del Presidente de México y su Primera Dama saludando a su pueblo en pantallas de alta definición. Los gritos de emoción y los abucheos en la plaza son apabullantes. La fiesta es grande, sus palabras, ignoradas y sus ¨¡Viva!¨ remplazados por ¨¡Puto!¨. Se trata de una inolvidable experiencia que me arrepiento de estar perdiendo. Los tres somos muy altos y no me imaginó como cualquier alma con una estatura menor a 160 centímetros puede no asfixiarse. Por si esto fuera poco, tras el repique estruendosas de campanas a pocos metros de distancia nuestro, un despliegue opulento de música ensordecedora y fuegos artificiales que se encienden al ritmo, amenazan con asfixiar a los asistentes. Pocos segundos después comienza el verdadero espectáculo. Cientos de brazas y pedazos de plástico se precipitan desde el cielo como proyectiles contra los que nos encontramos debajo. Entre las quejas de los afectados y quemaduras propias, optamos por escapar antes de resultar gravemente heridos por los cohetes o aplastados por la masa de gente que se disponía a salir antes que nadie para recoger lo que otros habían abandonado para poder entrar. Nos hallamos de nuevo cruzando los filtros ahora desmantelados y como era de esperase, no había forma de encontrar aquello que habíamos dejado atrás. Agriamente ignoramos esta situación y nos refugiamos en un local para reponer energías. Aturdido, ahumado y confundido desahogo mi frustración con un tarro helado de cerveza obscura mientras por el balcón del segundo piso, veo mi enojo irse a casa en metro. Cuando al fin es nuestro turno de buscar refugio de la penumbra citadina, el gigante de acero ha cerrado sus fauces y nos quedamos varados con nuestra estupidez pegada en la frente. ¡Viva Uber! !Viva¡

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